Sexo en el siglo 23
Los robots del siglo 23 son exactamente iguales a un ser humano... y en algunos aspectos, mejores aun...
Parte 1
Cuando mi robot asistente me avisĂł que tenĂa visitas y que las habĂa hecho pasar a la sala, me dirigĂ allĂ para atenderlas.
Vivo sola, tengo 26 años y por suerte tengo una buena situaciĂłn econĂłmica, aunque no me gusta alardear de ello, por eso es que el robot asistente que tengo es de la tercera generaciĂłn, un perfecto mayordomo con forma humana pero de rasgos inconfundiblemente mecánicos. SegĂşn he leĂdo, hay robots de sĂ©ptima generaciĂłn, prácticamente iguales en aspecto a los humanos, pero nunca me he interesado en cambiar, ya que Camilo cumple con todo lo que necesito. El nombre de Camilo viene del modelo de robot que es: K 1000, ya que la costumbre es humanizar el nombre para que no parezca tanto una máquina.
En la sala me esperaban dos personas, una mujer de unos 35 años, bonita y muy bien vestida y un hombre de unos 26 o 28 años, también de especto muy agradable.
Ella se presentĂł como Giselle Forter, representante de RODO Inc. La empresa que me habĂa vendido a Camilo, y no me presentĂł a su acompañante, descortesĂa que me llamĂł la atenciĂłn.
– El motivo por el que la visito es porque es usted cliente de la empresa desde hace seis años y tiene a su servicio un modelo bastante antiguo de Robots Domésticos.
– Es cierto, pero estoy muy conforme con él y con el mantenimiento que la empresa hace – le respondà yo.
– Lo sabemos, y también sabemos que nunca ha querido cambiarlo – continuó ella.
– No – reconocà – pero es que me encariñé con él y, para los servicios que yo necesito, las tareas de la casa, y atenderme con la comida, es suficiente – y le agregué en forma tajante – No tengo interés en cambiarlo por un modelo más nuevo.
– Comprendo – dijo ella – Quiero aclararle que no vengo a venderle o intentar convencerla de que cambie el Robot Sirviente. En realidad, justamente la actitud que algunos clientes han demostrado de "encariñarse" con sus robots, es lo que hemos valorado para solicitarles su colaboración en un estudio.
Yo la miré con extrañeza y le pregunté – ¿Qué tipo de estudio? –
– Estamos en estos momentos a punto de lanzar un nuevo modelo de robot doméstico: el RS 69, un robot de octava generación y queremos que usted acepte tener uno a su servicio, sin costo alguno, durante seis meses, a fin de que lo pruebe y nos dé su opinión acerca de sus habilidades.
Estuvo unos minutos explicándome que era absolutamente seguro, que lo que querĂan era que aquellos clientes más sensibles acerca de los robots lo probasen, ya que era un modelo prácticamente igual a un ser humano. – En todos sus aspectos – remarcĂł con una sonrisa, poniendo Ă©nfasis en la palabra "todos".
DespuĂ©s de pensarlo unos segundos, y dado que no me costarĂa nada ni me comprometĂa a cambiar a Camilo, decidĂ aceptar.
Ella sacĂł una serie de papeles en los que se establecĂan las condiciones del servicio, los leĂ y los firmĂ©, con lo cual pasĂ© a tener a mi servicio, por el tĂ©rmino de seis meses, al robot domĂ©stico modelo RS69, nĂşmero de serie ADR615.
– ÂżCuándo me envĂan el robot? – preguntĂ©, a lo que ella me contestĂł, sonriendo
– Ya mismo se lo queda. Es él – y señaló a su acompañante.
Realmente me sorprendĂ, y por primera vez le prestĂ© atenciĂłn detenidamente. Era bastante guapo, un poco más alto que yo, de fĂsico bastante atlĂ©tico.
.¡Ah! – exclamĂ© yo – No sabĂa... Es realmente igual a un hombre.
– Esa es la idea – dijo ella, levantándose para irse – Es exactamente igual a un hombre. En todo – recalcĂł con una sonrisa de picardĂa.
Cuando se fue, le pedà a Camilo que transfiriera toda su información acerca de las tareas de la casa a Andrés (nombre obvio, dado su número de serie) y que se repartieran las tareas.
Camilo se dispuso a hacerlo y Andrés, por primera vez habló, diciendo – Gracias, Señora – con una voz grave y muy agradable.
Por suerte yo estaba de vacaciones esa semana, por lo que a la mañana siguiente pude dormir hasta tarde. Cuando me desperté, llamé a Camilo para que me preparara el desayuno, pero fue Andrés quien me lo trajo a la cama.
Mientras lo tomaba, el robot permaneciĂł al lado de la cama.
– AndrĂ©s – dije – Nunca habĂa sentido de modelos de robots con nĂşmeros quebrados, siempre son 100, 200, 1000, como Camilo o 2000, o nĂşmeros redondos. ÂżSabĂ©s a quĂ© se debe ese nĂşmero que te pusieron?
– Es debido a las connotaciones sexuales que tiene ese número, Señora – me contestó él.
Yo me quedé sorprendida.
– ¿Es una estrategia de marketing, asociar un modelo de robot al sexo?
– No, Señora, es debido a las funciones nuevas que poseemos los RS69, que nos hacen parecidos en todo a los humanos.
– ¿Qué significa "parecidos en todo"? – pregunté, ya con miedo de la respuesta.
– En que tenemos funciones sexuales. Las letras RS corresponden a "Robot Sexual".
No sé por qué, pero eso me puso nerviosa y le pedà que se retirara y me dejara sola.
Nunca habĂa escuchado nada acerca de "robots sexuales" pero tambiĂ©n recordaba las palabras de la representante de RODO Inc. sobre de que sus robots se parecĂan a los humanos "en todos sus aspectos" y la sonrisa con la que dijo que era igual a un hombre... "en todo".
Durante el dĂa hice algunas tareas fuera de casa, pero no pude sacarme esa idea de la cabeza. Cuando volvĂ, a la noche, le pedĂ a AndrĂ©s que me sirviera la cena y luego me llevase un cafĂ© al dormitorio.
Cuando me lo llevĂł, yo ya estaba acostada. Me entregĂł la bandeja y se quedĂł parado a mi lado mientras lo tomaba.
– Andrés – le dije – ¿qué significa que tienes funciones sexuales?
– Que soy igual a un hombre y puedo tener relaciones sexuales con una mujer y satisfacerla en todo lo que ella me pida, siempre y cuando no viole las tres leyes de la robótica.
Esas tres leyes, según yo recordaba eran no causar daño a ningún ser humano, ni por acción ni por inacción, obedecer en todo a un ser humano, siempre que eso no violase la primera ley y no permitir que se le cause daño al robot, siempre y cuando eso no viole las dos primeras leyes.
– ¿Tienes... órganos sexuales masculinos? – le pregunté.
– Si, Señora – respondió cortésmente.
– No me llames "señora", decime Marisa y tuteame – le pedĂ, aunque cualquier pedido para Ă©l era una orden
– Está bien, Marisa, como quieras.
– ¿Puedo... verte desnudo? – le dije.
– Claro, como gustes – y comenzó a desvestirse.
Cuando terminĂł de quitarse todo, quedĂł parado a mi lado. TenĂa un fĂsico muy agradable, atlĂ©tico, y un pene que en reposo era unos siete centĂmetros, vello pĂşbico, testĂculos... En fin era un hombre normal y en nada parecĂa una máquina.
Estiré mi mano hacia su pene y lo tomé en mis manos. Era exactamente igual a uno normal, incluso sentà un temblor y un principio de erección, por lo que sospeché que era una broma y que era un hombre de verdad.
– Eres un hombre real – dije con cara de enojo.
El se sonriĂł y llevĂł una mano a su pecho y oprimiendo sobre su corazĂłn, hizo que saltara una tapa y dejĂł al descubierto una serie de circuitos. No habĂa dudas. Era un robot real.
– ¿Se puede poner dura?
– Claro – dijo y casi de inmediato se empezó a parar lentamente.
Yo lo empecĂ© a acariciar suavemente, hasta que al cabo de un par de minutos tenĂa en mis manos un pene de unos 15 centĂmetros de largo y de entre tres y cuatro de diámetro.
Yo me estaba excitando. Me sentĂ© en la cama y acerquĂ© mi boca. Le di un beso en la punta y tuvo una contracciĂłn. "¡Dios mĂo!", pensĂ©, "es igual a una pija de verdad".
De a poco me la metà en la boca y lo empecé a chupar. Él me tomó la cabeza con suavidad y me acariciaba, dejando que yo llevase el ritmo.
La textura de esa pija era exactamente igual a una de verdad y yo la estaba disfrutando. No lo podĂa creer, pero me habĂa excitado enormemente.
Estuve unos minutos chupando, hasta que, caliente al máximo, lo solté y le pregunté
– ¿Podés acabar?
– Si – contestó él también con voz excitada
– ¿Y largás semen?
– SĂ
– Entonces acabame en la boca – le ordené.
Él empujó suavemente mi cabeza y me metió la verga en la boca, empezando a moverse metiendo y sacando con delicadeza.
Al cabo de unos minutos comenzĂł a moverse más rápidamente y sentĂ que su pija se tensaba más y de repente me largĂł un chorro de un lĂquido cálido y viscoso en la boca. TraguĂ© el primer chorro y pensĂ© "es semen, realmente es semen".
El segundo chorro me atragantó, por lo que solté la pija y recibà en la cara dos chorros más.
EstirĂ© mi mano y se la agarrĂ©, todavĂa estaba dura. Pero ya comenzaba a perder su erecciĂłn.
– ÂżQuĂ© es? – preguntĂ© mientras pasaba un dedo por el lĂquido en mi cara y lo llevaba a mi boca.
– Es un lĂquido de sabor y textura idĂ©ntico al semen. No te preocupes, no es perjudicial para la salud – agregĂł sonriendo. Una sonrisa seductora, pĂcara y realmente muy agradable.
– No puedo creerlo – murmuré – le chupé la pija a un robot y lo disfruté. Esto es de locos.
– No pienses asà – dijo Ă©l – es para eso para lo que me crearon. Hay muchĂsimos hombres y mujeres que no tienen pareja o que no encuentran la apropiada. Mientras no ocurra eso, nosotros estamos para ayudarlos.
– ¿Hay mujeres también?
– Claro.
Yo seguĂa con su pija en mi mano, masajeándosela sin darme cuenta.
– Bueno – dije – disfrutémoslo entonces – ¿Se te puede parar a voluntad?
.Bueno, no exactamente – me respondió – No es indefinido, pero tengo mucha más "virilidad" que un hombre común.
– A ver si es cierto – dije y comencĂ© a masturbarlo con más velocidad y, aunque parezca increĂble, se le empezĂł a parar de nuevo.
Me acostĂ© en la cama y le dije con la voz entrecortada por la excitaciĂłn – Dale, venĂ. Quiero que me cojas.
El se acostĂł a mi lado y me besĂł en los labios, al principio con ternura. Luego con más pasiĂłn me metĂa la lengua en la boca y me empezĂł a sacar la ropa interior.
Me besĂł en el cuello, bajĂł a mis senos y me chupĂł con pasiĂłn. Se metĂa mis pezones en la boca y los chupaba con delicadeza, haciendo que yo me calentara más y más cada vez.
AsĂ estuvo varios minutos, hasta que se decidiĂł a subĂrseme encima y de a poco fue clavándome la verga en mi vagina, que a esa altura estaba hecha un charco por los jugos que segregaba debido a la excitaciĂłn que tenĂa.
SentĂ como entraba y me llenaba. ComenzĂł a moverse, entrando y saliendo de mi cuerpo.
Se movĂa de forma deliciosa, parecĂa un amante sĂşper experimentado.
AsĂ estuvimos unos diez minutos, hasta que yo sentĂ que me venĂa el orgasmo. Un orgasmo impresionante. No sĂ© si era por el morbo de que estaba con una máquina, o porque hacĂa varias semanas que no tenĂa sexo, pero el hecho es que me acabĂ© de una forma impresionante, mientras Ă©l no dejaba de moverse, cogiĂ©ndome con una maestrĂa tremenda.
DespuĂ©s que acabĂ©, a los pocos segundos sentĂ un chorro caliente que se derramaba en mi vagina. DespuĂ©s de esto, Ă©l fue parando en sus movimientos, hasta quedarse quieto encima mĂo, pero sin aplastarme.
Nos besamos con cariño, suavemente, hasta que el se saliĂł de dentro mĂo y quedĂł acostado a mi lado, mientras me acariciaba los senos.
Cuando todo pasĂł, me vino una ataque de vergĂĽenza y le pedĂ, con bastante brusquedad que se fuera y me dejara sola.
– No te sientas mal por lo que hicimos – me dijo adivinando lo que yo sentĂa – no es nada anormal, ni malo.
– Dejame sola, por favor.
El se vistiĂł y se fue de mi dormitorio.